Me gusta sentirme extraña rodeada de ruido;
acariciar la indiferencia de la gente como ajena,
inmiscuirme en la privacidad de un beso robado,
alimentarme de fruta sólo con su aroma en la puerta del super.
Encontrarme cómplice con la nostalgia en la sonrisa de un niño,
echarle un pulso al día con mi actitud,
saludar a los desconocidos,
beber en los semáforos en rojo de tu vaso si me dejas.
Sentirme hormonalmente feliz,
deseablemente insatisfecha,
concentrarme en mi respiración,
marcar mis pasos con el ritmo del tarareo que sólo yo me sé.
Me parece tan corta la vida, tan frágil el recuerdo, tan efímeros los lazos que nos unen, tan inevitable el interés y tan inmenso el quererte,
que prefiero perderme entre tus letras
a gastarme al vida en la búsqueda de un diccionario que te traduzca.
Prefiero no descifrar el jeroglífico y así no detener nunca la búsqueda de algo más: y sentirme viva todos los días como un niño que está descubriendo el mundo poco a poco y nunca como el viejo que ya viene de vuelta.
No es un ensayo, no es sólo tiempo, no es una oportunidad, ni dos, ni cinco... es intentar e intentar y volver para volver hasta cansarnos de querernos porque no nos quepa más y tengamos irremediablemente que mudarnos a otro planeta.