Balance.
Aquí se escribe a mano con esa caligrafía indescifrable de los médicos antigüos.
Granada amanece húmeda, con un chisporroteo constante de gotitas que encrespan el pelo.
No hace tanto frío para ser invierno.
Los chavales llenan la calle de griterío y ganas de comerse el mundo. Yo mantengo la mirada fija en el aire.
Me saludan a mi paso las piedras que sostienen la catedral. Ella se abre paso imponente a pocos metros de los edificios colindantes.
Los taxis vigilan la Gran vía mientras tú escribes: "llego a casa ahora". Empieza el silencio en el que hablamos a gritos y aparecen besos que muerden y labios que aprietan.
Me acompañan las personas a las que dejo pasar. Miro el cielo de nuevo.
El triunfo me saluda desde esa esquina. Se abre la avenida de la Constitución a mi paso. Paseo en medio, rodeada de personajes importantes congelados en el bronce que sobreviven al óxido del recuerdo. Hay flores rojas marchitas en las manos de uno de ellos.
Un hospital aparece como un iceberg blanco sobre el asfalto.
Aquí pasaré parte del tiempo que me cabe en la maleta. Me llevaré a casa lo que Granada me entregue y dejaré algo mío.
Espero que no sea la piel ni el alma porque los necesito para el camino de regreso.
