
Para acercarse a la línea de salida, sólo se necesita un sueño, una esperanza de alcanzar la meta. Al mismo tiempo, creerse capaz de poder hacerlo se transforma en aliciente necesario para calzar las zapatillas al menos y equiparse con un chandal. A mí me quedan justo aquí al lado un par de zapatillas y un sueño... puede que sea el momento de lanzar esa bala perdida para escapar corriendo, sin saber si estaré llegando a la meta o huyendo del disparo.
Hoy te observo sentado, convirtiéndote en un espectador más de la competición, jubilado de quehaceres y prejuicios, cansado de la rutina del corredor, sediento de días huecos, amante de la vida... Y entonces decido ponerme en posición, todo el mundo se prepara, salta, jadea a mi alrededor...Esto está a punto de comenzar; al fondo, alguien grita: ¿Preparados? Un escalofrío se duerme en mi abdomen mientras tomo posición. ¿Listos? Las piernas me tiemblan, puedo sentir un golpe de aire seco en mi garganta. Ya ! Todos empiezan a correr, dejándome atrás. Quiero salir corriendo, pero algo me está reteniendo a 2 cm de esa línea blanca. No entiendo qué está pasando. Me giro sobre mí misma como buscando esa salida de emergencia que tanto deseo... Y de repente, me encuentro con tus ojos; desde lo alto de la grada, me miras. Me gritas que salga ya, que los demá ya lo hicieron. Y entiendo por fin lo que está sucediendo. Me quito las zapatillas, me doy media vuelta.
Todo el estadio me está mirando. Alcanzo algunos escalones y comienzo a subir. Estoy buscandome entre la gente. fila 17, asiento 9. Esquivo a algunos espectadores y me pierdo entre cubos de palomitas vacíos y cáscaras de pipas. Estás allí, mirándome absorto. Te toco la mejilla y encajo mis labios entre los tuyos. Los siento helados de frío, cortados por el viento, carnosos como siempre. Te digo que me encantas, que no tengas miedo. Esta vez correremos los dos nuestra propia carrera, sin disparos ni oponentes. Iremos a nuestro ritmo, escribiremos una nueva página de nuestra historia, como sólo nosotros sabemos hacerla.